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cumpleaños de Bogotá
  • 31/07/2019
  • PorDaniela Baptista
  • Blog
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¡Feliz cumpleaños!

¡Hola, amigos de Fincas de turismo! Estamos de vuelta. Abrimos otro capítulo de este espacio dedicado a ustedes, nuestros lectores y amigos. Una entrada para seguirlos enamorando de Colombia, de sus excepcionales lugares turísticos y de sus planes sin igual. Ofreciéndoles siempre la mejor opción en alquiler de fincas en el lugar que necesiten, el mejor programa, la mejor alternativa turística. Aquí hemos hablado de celebraciones, carnavales, festivales, sitios de interés cultural, ecológico y la lista no se agota. El tema del turismo sigue vigente cada día y las posibilidades se siguen multiplicando. Por eso, gracias por seguir prefiriéndonos, por continuar tomando en cuenta nuestros consejos para sus viajes.

En esta ocasión vamos a invitarlos a la capital de la república, a la mayor metrópoli de nuestro país. Bogotá celebra sus 481 años y, como cada año, la celebración será por todo lo alto. Llegados a este punto debo hacer una confesión a mis lectores. Cada 6 agosto tengo mi celebración particular, íntima y especial. No se trata del cumpleaños de Bogotá, que convoca a tantos de mis conciudadanos. Ese día celebro el cumpleaños de mi papá, del que ya les hablé tangencialmente en otra entrada. Hice apenas una mención pequeña hace algún tiempo mientras les contaba sobre mi abuelo paterno. La relación entre ellos siempre me pareció digna de admiración. Y, además, siento que la relación entre mi papá y este servidor no lo ha sido menos.

Virtudes paternales…

Todos los méritos se los lleva él, aclaremos. Mi papá (aunque muchos puedan o quieran objetar lo que digo) debe ser un tipo lleno de paciencia. De verdad, mucha paciencia ha de hacer falta para tratar conmigo, para criarme y no sucumbir en el intento. Sí, tener una relación profunda y significativa con un hijo que ideaba cada día una nueva travesura, es tremendamente meritorio. Si a eso le añadimos que el tiempo no hizo más que acentuar ambas características, el mérito es todavía mayor. Porque de pequeño las picardías pudieron ser cosas de risas, de llamadas de atención, de aprender el uno del otro. Un agradable día a día cariñoso, tierno, desenfadado. Al crecer, mi atrevimiento en las imprudencias fue tomando ribetes cada vez más disparatados.

alquiler de fincas

De nuevo, esclarecer la idea es menester. Porque mucho me temo que algunos pensarán que parte de mi comportamiento temerario podría deberse a mi padre y su método. La realidad es más simple, fui un hijo terrible. Acaso un papá más autoritario no habría cambiado demasiado la situación. Es más, sospecho que la habría recrudecido. Es conocido de todos que, a menudo, la rebeldía se vigoriza en un ambiente hostil. Cuanto más se atrincheran los padres en sus propias ideas, tanto más tienden los hijos a defender las suyas. De modo que el tono conciliador de papá fue, más bien, un bálsamo para la convivencia en medio de mis diabluras. Otra vez, su paciencia y buen tino a la hora de tratar conmigo, me llevaron de regreso a su lado. Vez tras vez.

Pero, es más, mucho más…

Con todo, estoy seguro de que la mayor virtud de mi papá no es la paciencia. Por más que haya sido una constante en su relación conmigo. Como solía cantar Piero, mi viejo, ante todo, es un buen tipo. Y hay características muy marcadas que definen a un «buen tipo». En el caso de mi papá la facultad de reír a toda costa y bajo cualquier circunstancia es fundacional. Sin su inextinguible buen humor, mi papá sería otro. Un extraño. Pero esa capacidad deslumbrante de hacer de la vida una eterna gracia es tan invaluable como definitoria. Los pasajes más oscuros de la existencia se pasan mejor cuando se puede reír. No hay desgracia que se mantenga en pie frente al buen humor.

Y justamente esa capacidad de sonreír en todo tiempo es lo que permite a las demás virtudes brillar con mayor fuerza. Mi padre, lo saben quienes lo conocen, es un soñador. Se trata de un hombre idealista, de un romántico pertinaz, infatigable. No se confundan, no es un ingenuo o un iluso, pero su corazón sigue creyendo en lo bueno, pese a todo. Es un ser práctico, pero nunca cínico. Una persona que ama la lectura como a su propia vida y que goza escuchando argumentos, para luego contradecirlos. Posee una sabiduría doméstica que me asombra y una tranquila candidez que envidio. Cometió errores graves, con hondas consecuencias y, no obstante, se ha sabido sobreponer a las circunstancias. ¿Les mencioné a Piero?


Y poeta…

Aunque desde muy niño me acostumbré a verlo escribiendo poesía, jamás deja de asombrarme cuando descubro alguna nueva. Sí, imagínense, mi papá, además, es poeta. Aquí entre nos, es una de las cosas que lamento no haberle heredado, la capacidad para hacer versos. Quizás la otra sea la estatura, ¡unos centímetros más no me caerían nada mal! Pero, volviendo al tema de la poesía, supongo que eso hace de mi papá un ser tan especial, tan diverso. Su habilidad para ver y expresar el mundo de forma tan particular. Su ingenio para articular conceptos serios mediante su humor ácido. Su entereza para entender y dispensar los errores ajenos, basado en la experiencia de los yerros propios.

Mi padre es, en suma, un ser complejo y todavía lleno de sorpresas. Alegre, industrioso, jovial, interesante, generoso, conversador, sabio a punta de errores, aciertos, deslices, caídas y, sobre todo, tiempo. El tiempo que ha necesitado para ir entendiendo su lugar en el universo, las disparidades de la vida. En el «sillón de mi existencia», como suele llamar a sus momentos de introspección, es donde seguramente reside su cordura. Es de allí de donde sale renovado para continuar sonriéndole a un mundo que no suele responder del mismo modo. Cosa que, creo, nunca le afectó demasiado. Un buen tipo, un señor amable. Reservado con los desconocidos, entrañable con los suyos, desbordado con las suyas. Y, ¿qué esperaban? Un poeta…

Una semblanza de Bogotá…

Así es, mis amigos, cada 6 de agosto celebro a ese hombre extraordinario que me dio la vida. Al que me metió al mundo y, con tierno afecto, me enseñó a vivirlo. Al que, pensándolo bien, representa en tantos aspectos a esta ciudad que nació muchísimo antes que él, en el mismo día. Porque Bogotá también es una ciudad llena de complejidades, como mi padre. También está llena de aciertos y equivocaciones, de laboriosidad, sabiduría e introspección. Una ciudad que abre sus brazos a todo un país, generosa, sufrida como pocas y, sin embargo, amable, benévola. Esa apertura la llenó de color, de diversidad, de cultura. Una ciudad poética.

Por eso, la ciudad de todos, la capital de todas las familias celebra su cumpleaños manteniendo una tradición recientemente restablecida. El Carnaval de Bogotá, uno de los más antiguos de América, había caído en el olvido. Revivido en 2005, celebró la diversidad capitalina y, desde entonces, volvió a ser parte de las fiestas tradicionales de Bogotá. Son dos días llenos de fiesta, color y sana celebración cultural. Las verbenas en los barrios y las comparsas que pueblan las principales vías colman el ambiente de la capital colombiana. El 5 y 6 de agosto Bogotá se convierte en una ciudad festiva, y renueva su carácter incluyente y amable.

No te pierdas el Carnaval de Bogotá. Pregúntanos por el alquiler de fincas cercanas a la ciudad y goza de estos días de celebración. Disfruta del cumpleaños de la bella capital de la república y sorpréndete con todo lo que tiene preparado para ti. Yo le diré a mi ciudad «feliz cumpleaños» mientras celebro la vida de mi querido viejo. ¡Te esperamos en Bogotá! ¡Hasta la próxima!

Por: Dagoberto Garzón Q.

@Dagho82

Referencias

Carnaval de Bogotá

Daniela Baptista

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