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Fiestas de mi pueblo
  • 12/08/2019
  • PorDaniela Baptista
  • Blog
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Fiestas de mi pueblo

¡Un saludo cordial, amigo de Fincas de turismo! Es muy placentero estar de nuevo con ustedes para compartir los mejores planes de turismo que pueden encontrar. Hoy nuestras Fincas en el Eje Cafetero serán la opción más requerida, ya lo verán. Así que vayan preparándose, alisten la maleta y las gafas de sol para disfrutar del espectacular plan turístico para hoy. No hace falta un evento de proporciones épicas para disfrutar en familia y permitir que la vida siga siendo especial. Bueno, no debería hacer falta, quiero decir. De hecho, creo que es una de las grandes dificultades de nuestro tiempo. La necesidad de circunstancias formidables para llamar nuestra atención.

Pareciera que estamos perdiendo con inusitada velocidad nuestra capacidad de asombro. En una época se trataba de una característica que iba llegando con la edad. El paso de los años, las decepciones, los dolores y las alegrías, el incesante trasegar sobre este mundo, nos endurecía. La candidez, la pureza, la ingenuidad de la infancia, daba paso indefectiblemente a cierto desinterés, algún tipo de adormecimiento. No digo ya al cinismo, pero casi. Esa apatía en la que ya no se encuentra fácilmente algo que haga brillar la chispa de la admiración. La pesadez cotidiana que vuelve grises, cenicientas, aburridas, las monótonas jornadas. Como si cada día fuera un calco del anterior y un aburrido presagio del siguiente.

Fiestas de mi pueblo

Perdiendo el asombro…

Era, como venía diciendo, algo de lo que parecían estar a salvo los más jóvenes. En nuestro tiempo, al parecer y por desgracia, es algo que se está volviendo moneda corriente. El tedio constante hace presa de niños, jóvenes y adultos por igual. Uno de los grandes males de nuestro tiempo bien podría ser el aburrimiento crónico, la incapacidad para sorprendernos fácilmente. Acaso la tecnología, esa aliada incuestionable, nos haya acostumbrado a mantener la voracidad por lo novedoso. Pasamos una cantidad de tiempo considerable frente a las pantallas, consumiendo de forma desmedida todo tipo de contenidos diariamente. Nuestra atención se dispersa con una facilidad pasmosa y mantenernos enfocados nos cuesta un potosí.

Los más propensos a este tipo de dificultades son, justamente, los más jóvenes. Los que antes mantenían la capacidad de asombro a flor de piel, hoy encuentran soporíferas la mayoría de las actividades. Con una frecuencia cada vez más alarmante, las pantallas de celulares o tabletas son la forma de diversión casi exclusiva. Los juegos y contenidos en redes sociales se han convertido en los centros de entretenimiento por excelencia. La vida social (la real, quiero decir) se ha reducido dramáticamente y las relaciones interpersonales tienden extrañamente hacia la virtualidad. No quiero ser malinterpretado, siento que los grandes avances tecnológicos son una fortaleza de nuestra época.  Es gracias a la tecnología que puedo comunicarme en este espacio con ustedes. Con todo, las nuevas tecnologías pueden también convertirse en una interferencia, cuanto menos imperceptible, más alarmante.

Exceso de tecnología

Nuestro estilo de vida va fluyendo en contraflujo de nuestras necesidades más básicas. La exigencia constante de mantener conectados, paradójicamente, nos va aislando de nuestro entorno más cercano. Se ha hablado mucho últimamente de la costumbre actual de no disfrutar a plenitud del momento. A menos que lo transmitamos o lo compartamos, parece que nos invade la ansiedad. Antes de los dispositivos móviles y de la omnipresencia del internet, concurríamos a un concierto o un evento deportivo. El fin era ir y verlo, disfrutarlo allí mismo, en ese instante. Ahora, se hace difícil concentrarse en lo que sucede en el momento actual. El menester de grabar, fotografiar y poner en línea nuestros comentarios, suele hacernos perder del suceso en cuestión.

Así, volvemos a mi postulado del principio, estamos perdiendo la capacidad de asombrarnos cada vez más temprano. Las ciudades nos encandilan con sus luces sin fin, nos quitan el sueño y los sueños, nos apagan ineludiblemente. ¡Qué difícil es ver las estrellas en una ciudad! ¡Qué complicado es levantar los ojos de vez en cuando hacia el cielo o las montañas! Me pregunto si todavía hay quienes buscan figuras entre las nubes. ¿Será posible que aún existan personas que se deleiten escuchando los cantos de los pájaros en la madrugada? Creo que nos está faltando tiempo para eso, el ritmo demoledor de las ciudades nos está arrebatando lo simple. Sí, el placer de las cosas sencillas.

Campo y pueblo…

Soy un citadino de toda la vida y de tiempo completo. Pero en ocasiones evoco los breves momentos que he podido pasar en el campo y en un pueblo pequeño. En esos ambientes todo es un pequeño milagro, cada cosa que sucede es especial y significativa. Los colores se tornan más intensos y los amaneceres de arreboles o de nubarrones son un espectáculo para los ojos. El verde del camino que bordea cada lugar, los innumerables tonos de la tierra, los animales grandes y pequeños. Todo tiene un color distintivo que llena los sentidos de admiración. De esa sorpresa que se nos extravía en el continuo gris de las ciudades.

Otra de esas cosas que te abstraen son los sonidos. Son muchísimos y se necesita aguzar bien el oído para identificarlos adecuadamente. Los riachuelos que murmuran a lo lejos, pero que rugen cuando chocan veloces contra las rocas. Los cantos matutinos de gallos y pájaros, el susurro constante de la brisa, los grillos cuando cae la tarde. Pero es en la noche cuando los sonidos son más intensos. Lejos del ruido de los carros y los televisores y los radios, el silencio se puebla de innumerables sonidos. Es aterrador, e intrigante al mismo tiempo, escuchar tantas cosas mientras la imaginación intenta identificarlas.

Y también están los aromas que llenan el ambiente. El césped y la tierra con su olor particular, e3l aire limpio que llena los pulmones. Los árboles frutales y las flores, la leña ardiendo y la comida humeante. Todo parece estar decidido a convencernos de que los aromas son inolvidables. Muchos se quedarán en la memoria para siempre. Uno solo de ellos nos llevará de regreso a esos momentos felices de aire era puro y perfumado. La boca se nos hace agua de solo pensar en las delicias gastronómicas cocinadas a la orilla de un río. En definitiva, el asombro regresa cuando disfrutamos de las pequeñas cosas que ofrecen un pueblo.

Simple y efectivo…

Puede parecer una teoría demasiado simple, pero mucho me temo que funciona de maravilla. Prescindir por un rato de los afanes sin fin de la ciudad nos hará mucho bien. Disfrutar de amaneceres o atardeceres rojizos en medio del campo o de un ameno pueblecito será reparador. Permitamos que los más pequeños se maravillen con el aleteo de una mariposa o con los destellos de las luciérnagas. Que puedan ver un cielo estrellado, que tengan la oportunidad de ver una estrella fugaz. Y, quién sabe, tal vez se arriesguen a pedir un deseo. Recorramos las callejuelas tranquilas y agradables de esos pueblecitos pacíficos de nuestro país. Gocemos de la fortuna de conocer la gente entrañable y cálida que habita en esos lugares.

Uno de esos pueblecitos maravillosos para visitar es el corregimiento Primavera en el municipio de Bolívar, Valle del Cauca. Allí, del 16 al 19 de agosto, se celebra una festividad típica y pintoresca llamada «Las Fiestas de mi pueblo». No te la pierdas y vive una experiencia inolvidable con tus familiares y amigos. Pregúntanos por nuestras Fincas en el Eje Cafetero y permítanos encargarnos de tu comodidad. Disfruta de todas las actividades de Las Fiestas de mi pueblo y de los hermosos lugares que podrás conocer. No dejes pasar esta estupenda oportunidad, no te vas a arrepentir. ¡Hasta la próxima!

Por: Dagoberto Garzón Q.

@Dagho82

Referencias

  1. La poesía de Basilio Fernández: El esplendor y la amargura
  2. Arrebol
  3. El “presunto” peligro de las nuevas tecnologías. ¿Regulamos?
  4. Avances tecnológicos: el lado luminoso y el lado oscuro de la fuerza
  5. La naturaleza vale oro.

Daniela Baptista

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