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  • 07/04/2019
  • PorDaniela Baptista
  • Blog
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Semana Santa: Turismo, Descanso y Reflexión

Semana Santa: Turismo, Descanso y Reflexión
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¡Hola de nuevo, amigos! Espero que estén disfrutado de las Fincas en Arriendo y de la estancia en Bogotá para el Festival Estéreo Picnic. Para cuando estén leyendo esto, el evento que promete ser «Un mundo diferente» estará en su máximo furor. En consecuencia, confío que lo estén gozando al máximo. No cabe duda que la deliciosa comida, las muestras culturales y los conciertos de grandes estrellas son un absorbente deleite. Aunque también la excelencia de la comida, como el frenesí de los mejores conciertos, se acaba en algún momento. Pese a que vuelve el próximo año, el Festival Estéreo Picnic y su euforia no tardan en concluir. Los planes para ti y tu familia, en Fincas de turismo, ¡no!

Un oasis en medio del desierto

Y es que debemos recordar que se acerca el puente festivo más largo del año: el oasis de Semana Santa. Para muchos se trata de toda una semana de asueto que compensa la pesada carga del inicio del año. Algunos más solo tienen el descanso de los dos feriados (jueves y viernes), además del fin de semana. Unos descansan desde el miércoles a mediodía, mientras que otros privilegiados lo hacen desde el domingo de ramos. Al final, no hay quien desdeñe esta fecha, el descanso que ofrece y su significado. El transporte por tierra y aire, las Fincas en Arriendo o las reservaciones en hoteles, se vigorizan en estos tiempos.

Y es que las maneras de aprovechar estos días de pausa son tan variadas como apropiadas. Hay quienes se desplazan largas distancias para visitar a sus familiares. Algunos más dedican este tiempo libre para viajar, conocer nuevos lugares y hacer turismo. Los más devotos consagran estos días a la introspección y la meditación. Dicho sea de paso, hasta hace algunos años (¡más de lo que podría recordar, quizás!) el recogimiento era la norma. Basta con preguntar a algunas abuelas y ellas nos contarán de las severas prohibiciones que traían consigo los días consagrados. Hoy, en cambio, una sociedad cada vez más secularizada mira de reojo costumbres que considera obsoletas, retrógradas.

Concertemos que la rigidez de antaño no era, ni de cerca, algo que llenara de anhelos por esos días festivos. Más allá del descanso correspondiente, la fría formalidad que se acostumbraba de seguro aburría y dejaba árido el espíritu. De tal suerte que, si lo que se buscaba era un estado de gracia espiritual, posiblemente se conseguía lo contrario. De esta forma tal vez, se fue forjando una generación ávida de huir de la acartonada «celebración». Parte de esta generación terminó yéndose al otro extremo y tratando de evitar todo lo que tuviera aroma de religioso.

Algo de historia nos vendría bien

Pero, ¡vamos! Seguro podemos encontrar un punto medio a esta situación, ¿no creen? En estos tiempos tan polarizados, en esta época tan popular por tener posiciones irreconciliables, radicales y, ojalá, testarudas. Una buena dosis de moderación, comprensión y condescendencia harían mucho por hallar algo parecido al necesario equilibrio. Por supuesto que buscar el deleite del descanso y algo de ocio no debe ser considerado profano, faltaba más. Como tampoco la búsqueda de paz reflexiva debería verse como anacrónica santurronería. Aunque cause desconcierto, este patrón de comportamientos es más viejo de lo que creemos.

Recordemos un poco y volvamos por un momento los ojos sobre la historia, esa sabia consejera tantas veces ignorada. La celebración de la Semana Mayor nos llega en virtud de la conquista de América, merced a la católica España. Los colonizadores trajeron consigo su acervo religioso, la cristianización de la tierra descubierta maquilló la inminente debacle católica en Europa. Así como decíamos que la rigidez de hace un tiempo ahuyentó e insubordinó a muchos, surgió la perseguida Reforma religiosa. Cansados de las formas religiosas (¡y del fondo!), algunos hombres decidieron abandonar el yugo católico, el más célebre fue Martín Lutero.

El siglo XVI vio cómo la hegemonía católica en el Viejo Mundo se erosionaba sin remedio. América del norte fue el refugio de los que huyeron de los esfuerzos por mantenerlos alineados con la fe romana. Los padres peregrinos son esos protestantes que cruzaron el océano en busca de libertad religiosa y, en muchos casos, fracasaron. La mayoría reprodujo el modelo del que huía, ¡pero eso es tema para otra entrada!

Sin embargo, el personaje que convoca la conmemoración de Semana Santa no era católico, ni protestante, europeo o americano… ¡Era judío! De modo que debemos regresar un poco más en el tiempo (bastante, en realidad). Vamos al primer siglo de nuestra era, la era cristiana, que se forjó en Palestina en tiempos del Imperio Romano.

El origen

La semana santa evoca la última semana de la vida de Jesús de Nazaret antes de ser crucificado. Curiosamente, su forma de refrescar las envejecidas y frías formas religiosas de su nación, lo hicieron blanco de críticas y odios. La religión judía anunciaba la llegada de un Mesías, un Salvador, sus fieles lo esperaban con alborozo un tanto egoísta. La humillante condición de colonia del Imperio Romano hacía desear a los judíos un Libertador político, un guerrero. Las credenciales mesiánicas de Jesús de Nazaret no los entusiasmaron, sus deseos de orgullo nacional eran más fuertes. La alegre y candorosa expectación del Mesías, yacía ahora bajo el pesado polvo del frío formalismo religioso.

De este modo, el Maestro galileo que les ofrecía paz, perdón y reconciliación fue rechazado por quienes supuestamente lo esperaban. Paradójicamente (o providencialmente) fue entregado a la muerte en el marco de la fiesta nacional de independencia judía, la Pascua. Mientras el pueblo conmemoraba su liberación de Egipto, entregaba a su Libertador a Roma. Al tiempo que celebraban su establecimiento como nación libre, se inclinaban al Imperio dominante para que ajusticiara a su Rey.

Esta Pascua pues, no fue más que una celebración carente de sentido, una tradición más sin pena ni gloria. En consecuencia, continuaron siendo una colonia romana hasta su cruel desaparición en el año 70 d.C. En aquella oportunidad, una torpe sedición fue apagada desmesuradamente por los ejércitos romanos, que barrieron con Jerusalén y sus habitantes.

La esperanza no se acaba

Habrán notado el patrón de comportamiento que desarrollamos observando la historia, esa maestra tan sabia como ignorada. Una conmemoración, una celebración, que al principio está llena de vitalidad, de sentido, pero que va cayendo en la costumbre. Se va haciendo tediosa, incomprensible, un rito por cumplir, una cita que se quiere despachar aprisa. La tradición va dictando una serie de requisitos que se van volviendo pesados, insostenibles, aburridos y fastidiosos. Los requerimientos se multiplican en función de mantener viva y vigente la celebración, pero en realidad, logran matarla lentamente. Algunos optan por separarse definitivamente de tales acontecimientos y celebraciones, rechazan por completo lo que en su momento fue significativo.

Otros buscan el equilibrio, volver a la conmemoración sencilla, a la expectación candorosa, a la celebración genuina. Hace más de dos milenios que la Pascua judía dio paso a la Semana Santa cristiana. La carga de requerimientos que ensombrecieron su día nacional son análogos a los que se pusieron sobre la Semana Mayor. El hastío por las formas aburridas, escrupulosas e inexpresivas ha alejado a muchos de una experiencia de reflexión serena.

Con todo, la Semana Santa tiene una luz de esperanza para los que quisieran buscar esa espiritualidad sencilla. Al fin y al cabo, su momento más brillante reside en el último día, cuando los creyentes conmemoran la resurrección. Así que, si la celebración habla de la vida después de la muerte, las posibilidades son ilimitadas. La esperanza de vivir una experiencia de descanso, de reflexión y de deleite son reales. El regocijo luego de la tristeza está en la naturaleza misma de la celebración.

Como la Pascua que Jesús celebró con sus discípulos, la Semana Santa es una oportunidad para compartir con nuestros amados. Así como el Maestro se detuvo a orar y meditar entre los olivos, podemos disfrutar de la paz de la naturaleza. Del mismo modo que renovó la percepción espiritual de los que lo siguieron, podemos esperar algo así para nosotros. En Fincas de turismo esperamos que puedas encontrar un lugar en el que la tranquilidad te permita reflexionar y agradecer. Pregúntanos por las Fincas en Arriendo que pueden hacer de esta Semana Santa una experiencia inolvidable. ¡Que Dios te bendiga! ¡Hasta la próxima!

Por: Dagoberto Garzón Q.

@Dagho82

Daniela Baptista

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